En un sincericidio político que lo dejó completamente expuesto, el diputado nacional Roberto Sánchez declaró en el programa El Avispero que La Libertad Avanza “no es oposición en Tucumán” porque —según sus palabras— “no se los escuchó hablar mal del gobierno provincial”. Sí, así como suena: para Sánchez, la vara que mide quién es opositor no son las ideas, las propuestas ni los proyectos. Es “hablar mal”.
Este nivel de brutalidad discursiva revela con crudeza el ADN de la vieja política: la que prefiere destruir al adversario antes que debatir con él, la que cree que para diferenciarse hay que ensuciar, y que para construir poder hay que dinamitar puentes.
Sánchez no sólo valida ese método, sino que lo convierte en doctrina. Y con eso se cae la careta de quien pretendía presentarse como un dirigente moderado, racional y abierto al diálogo.
En vez de asumir que el tiempo de las operaciones mediáticas, los chismes de comité y las campañas de desprestigio ya pasó, el radical tucumano se hunde en un lodo discursivo que lo vuelve irreconocible incluso para sus propios aliados. Su mensaje no deja margen para las interpretaciones: si no hablás mal del otro, no sos oposición.
No importan las propuestas, no importan los diagnósticos, no importan las ideas. Sólo importa pegar. Destruir. Denigrar. Y eso no sólo es viejo, es lamentable.
Lo más alarmante es que, lejos de ser un exabrupto, Sánchez parece convencido de su teoría. En declaraciones recogidas por Contexto Tucumán, insiste en descalificar a La Libertad Avanza y a sus principales referentes provinciales, como Lisandro Catalán, acusándolos de “jugar para el peronismo”, simplemente porque no replican su lógica de confrontación vacía.
El problema de fondo es aún más profundo: Roberto Sánchez ya no tiene relato, no tiene ideas, no tiene proyecto.
Y cuando no hay nada para decir, lo más fácil es hablar mal del otro.
La sociedad tucumana no es tonta. Sabe cuándo un político perdió el rumbo. Y Sánchez, con estas declaraciones, demostró que está más preocupado por marcar territorio que por construir soluciones. Más pendiente de los micrófonos que de los tucumanos.
Roberto Sánchez habla mucho del futuro, pero actúa como si viviera en el pasado. Y Tucumán está cansado de gente que sólo sabe hablar bien, porque nunca supieron hacer bien.
