La irrupción de La Libertad Avanza y el crecimiento de Lisandro Catalán comienzan a alterar una política tucumana que durante décadas funcionó bajo la misma lógica de poder.
Durante décadas, la política tucumana pareció funcionar bajo una regla no escrita: el poder se heredaba, las estructuras se reciclaban y los nombres podían cambiar, pero el sistema permanecía intacto.
Hoy esa lógica comienza a mostrar signos de agotamiento.
Tucumán atraviesa una etapa de evidente desgaste político. Una dirigencia acostumbrada durante años a administrar el poder comienza a encontrarse con una sociedad que reclama algo diferente: renovación, alternancia y otra forma de hacer política.
El dato más importante no está solamente en quién encabeza una encuesta. Está en lo que ocurre debajo de esos números.
El cambio empieza a convertirse en una opción
Distintos relevamientos realizados durante 2026 muestran que La Libertad Avanza logró instalarse como una fuerza competitiva real y que Lisandro Catalán se convirtió en una de las principales figuras de la oposición tucumana.
Una encuesta indicó que el 62,2% de los tucumanos preferiría un cambio de rumbo en 2027. El porcentaje no define una elección, pero permite entender por qué el escenario político provincial comienza a transformarse.
Hay algo todavía más relevante: la discusión dejó de ser quién puede ocupar el segundo lugar detrás del peronismo.
La pregunta empieza a ser otra: ¿quién puede conducir una alternativa real de poder en Tucumán?
Y allí aparece Catalán.
Su crecimiento no puede explicarse únicamente por una cuestión de nombres. La Libertad Avanza consiguió construir una identidad reconocible y Catalán logró ocupar un espacio que durante años estuvo vacante: el de una oposición dispuesta a enfrentar directamente al oficialismo provincial.
La incomodidad de la oposición tradicional
Ese avance explica también el nerviosismo del resto de los espacios opositores.
Radicales, sectores del PRO, dirigentes independientes y otras expresiones que durante años disputaron el liderazgo opositor se encuentran frente a una realidad incómoda: el electorado parece estar modificando sus preferencias más rápido que la dirigencia.
La política tradicional todavía discute cargos, nombres y acuerdos. Una parte de la sociedad, en cambio, parece debatir algo mucho más profundo: si quiere continuar bajo el mismo modelo político o está dispuesta a cambiarlo.
Ese es el verdadero desafío para el oficialismo.
Porque el problema de Osvaldo Jaldo no es solamente Catalán. El problema es el desgaste de un sistema que durante demasiado tiempo creyó que la alternancia era una posibilidad lejana.
Sería apresurado afirmar que una elección está definida. Las encuestas no votan, las campañas todavía no comenzaron formalmente y el oficialismo conserva una poderosa estructura territorial.
Pero hay algo que parece difícil de discutir: el monopolio político dejó de ser una certeza.
Una disputa que excede una candidatura
Cuando una sociedad empieza a imaginar que el poder puede cambiar de manos, cambia también la política.
Catalán entendió antes que otros que no alcanza con ser opositor: hay que construir una alternativa.
Por eso, su posicionamiento excede hoy una candidatura. Se está convirtiendo en una disputa por el liderazgo opositor y, eventualmente, por la conducción de una provincia que durante años estuvo dominada por una misma lógica de poder.
La política tucumana está entrando en una nueva etapa.
Quizás todavía no sepamos quién será el próximo gobernador. Pero empieza a quedar claro que Tucumán ya no es la misma provincia en términos políticos.
En este nuevo escenario, La Libertad Avanza dejó de ser una fuerza testimonial y Lisandro Catalán dejó de ser solamente un dirigente opositor.
La pregunta que comienza a recorrer la política tucumana es mucho más grande:
¿Estamos frente al comienzo del fin de una época?
Por Prudencio Sosa | Opinión
Fuente: QueDiario
