Pese a haber firmado una licencia para supuestamente “separar la gestión de la política”, el gobernador y candidato testimonial del peronismo, Osvaldo Jaldo, volvió a encabezar actos oficiales en Juan Bautista Alberdi, en una demostración que desnuda la fragilidad de los límites entre lo institucional y lo electoral en Tucumán.
El mandatario en uso de licencia no se privó de recorrer obras de agua y cloacas, entregar vehículos municipales e inaugurar un complejo semafórico, rodeado de candidatos oficialistas y funcionarios provinciales. La propia Secretaría de Comunicación Pública difundió la actividad bajo el título: “Jaldo supervisó obras de agua potable en Alberdi”. Es decir, la propaganda oficial del Gobierno lo sigue presentando como lo que formalmente ya no debería ejercer: gobernador.

La contradicción es evidente. Jaldo había justificado su licencia alegando que “no se puede gobernar y hacer política al mismo tiempo”. Pero su retorno inmediato al centro de la escena oficial convierte aquella declaración en un eufemismo vacío. Lo que no se puede hacer, según su propia premisa, es exactamente lo que está haciendo.
El caso es aún más grave porque, mientras el vicegobernador Miguel Acevedo quedó a cargo interinamente del Ejecutivo, la puesta en escena en Alberdi mostró a Jaldo como único protagonista. Los comunicados oficiales, las fotos y los discursos dejaron a Acevedo en un segundo plano, reduciendo la institucionalidad a un trámite administrativo.
Acompañado por candidatas oficialistas como Gladys Medina, Elia Fernández de Mansilla y Carolina Vargas Aignasse, el acto se transformó en lo que realmente fue: un mitin electoral disfrazado de gestión pública. En lugar de separar las aguas, Jaldo las mezcló deliberadamente.
La intervención del municipio de Alberdi por supuestos vínculos de exfuncionarios con el narcotráfico tampoco pasó desapercibida. Desde ese lugar, Jaldo elogió al interventor Guillermo Norry y respaldó abiertamente al candidato peronista Bruno Romano para las elecciones del 26 de octubre. Una muestra más de que los recursos del Estado provincial se ponen al servicio de la campaña del oficialismo.
En resumen, Jaldo pidió licencia para no “mezclar” gestión y política, pero terminó encarnando la síntesis más obscena entre ambas. Un gobernador de licencia que gobierna, un candidato que inaugura obras, y un Estado que se presta sin pudor a la maquinaria electoral del peronismo tucumano.
