El crecimiento de los casos de chikungunya en Tucumán dejó de ser un fenómeno exclusivamente sanitario para convertirse en un reflejo de problemas estructurales más profundos. Si bien la presencia del mosquito transmisor es el factor inmediato, especialistas advierten que el brote también expone falencias urbanas, ambientales y sociales que facilitan la circulación del virus.
En este contexto, desde el área ambiental del municipio señalaron que el avance de la enfermedad no puede entenderse sin analizar el entorno en el que se desarrolla. “El mosquito no genera las condiciones: las encuentra”, sintetizan desde la gestión local, apuntando a la acumulación de residuos, la falta de planificación y los cambios climáticos como factores determinantes.
Uno de los elementos clave es la transformación del clima en la región. En los últimos años, Tucumán experimentó un proceso de “tropicalización”, con lluvias intensas y temperaturas elevadas que crean el escenario ideal para la proliferación del mosquito Aedes aegypti. Sin embargo, el clima por sí solo no explica la magnitud del brote.
El crecimiento urbano desordenado también aparece como una variable central. Alta densidad poblacional, infraestructura insuficiente y la presencia de basurales a cielo abierto configuran un mapa propicio para la reproducción del vector. A esto se suman canales de desagüe colapsados y terrenos baldíos sin mantenimiento.
Puertas adentro, el problema se vuelve aún más complejo. La mayoría de los criaderos del mosquito no se encuentran en la vía pública, sino dentro de los hogares. Recipientes con agua estancada, objetos en desuso y prácticas cotidianas facilitan la reproducción del insecto. En muchos casos, incluso con personas infectadas en la vivienda, persisten las condiciones para que el virus siga circulando.
A nivel urbano, hay puntos críticos que concentran el riesgo: chatarrerías, gomerías, cementerios y basurales. Entre ellos, los neumáticos en desuso se destacan como uno de los principales focos, debido a su capacidad para acumular agua durante largos períodos.
Frente a este escenario, las autoridades insisten en que la respuesta no puede limitarse a operativos sanitarios. El control del chikungunya requiere cambios sostenidos en los hábitos ciudadanos, mejoras en la gestión de residuos y una planificación urbana más eficiente.
Así, el brote deja una lectura más amplia: no solo habla de un virus en expansión, sino de una ciudad que, en múltiples niveles, aún no logra cerrarle el paso.
Fuente: La Gaceta
