Durante décadas, la disputa por el poder en Tucumán se desarrolló casi exclusivamente dentro del propio peronismo. Los nombres cambiaban, las internas eran intensas y las alianzas se reconfiguraban, pero el centro de gravedad de la política provincial seguía siendo el mismo. La oposición, con escasas excepciones, ocupó un lugar secundario: participó de las elecciones, obtuvo representación legislativa e incluso administró algunos municipios, pero nunca logró consolidarse como una alternativa con posibilidades reales de gobernar la provincia. En la práctica, muchas veces terminó funcionando como un sparring electoral de un oficialismo que siempre llegaba como favorito.
Hoy ese escenario parece estar cambiando.
La irrupción de La Libertad Avanza en Tucumán, con Lisandro Catalán como principal referente, comenzó a modificar una lógica política que parecía inalterable. Por primera vez en muchos años, la oposición no parece conformarse con ejercer el rol de contrapeso o de crítica permanente. Su objetivo declarado es disputar el poder y construir una mayoría capaz de gobernar la provincia.
Ese cambio de actitud no es un detalle menor. La política se transforma cuando aparece una fuerza que deja de pensar en obtener algunos legisladores y empieza a diseñar un proyecto para llegar al Ejecutivo. Esa ambición redefine la conversación pública, obliga al oficialismo a salir de su zona de confort y ofrece a los ciudadanos una competencia política mucho más clara.
Catalán entendió que el principal activo de una fuerza emergente no es solamente el discurso del cambio, sino la capacidad de transmitir que ese cambio puede convertirse en una realidad. Su estrategia busca instalar la idea de que Tucumán no está condenado a una única forma de hacer política y que la alternancia es una posibilidad concreta.
Mientras tanto, el peronismo continúa siendo una fuerza con una enorme estructura territorial, experiencia de gestión y capacidad de movilización. Nadie puede subestimar ese peso político. Pero también enfrenta un desafío distinto al de otros tiempos: responder a una sociedad que parece demandar mayor eficiencia, transparencia y renovación.
La consecuencia de este nuevo escenario es una polarización cada vez más evidente. Ya no se trata solamente de una disputa entre dirigentes, sino entre dos modelos de provincia. De un lado, quienes sostienen la continuidad del esquema político que gobierna Tucumán desde hace décadas. Del otro, quienes proponen un cambio de rumbo inspirado en las ideas que hoy gobiernan la Nación.
Por supuesto, ninguna elección está definida de antemano. La política cambia, los contextos evolucionan y las campañas pueden alterar cualquier pronóstico. Sin embargo, la tendencia actual muestra que Lisandro Catalán logró algo que durante muchos años parecía imposible: convertirse, según esta mirada, en el principal referente de una oposición con vocación de poder.
Si logra consolidar equipos, ampliar su base de apoyo y transformar las expectativas en una propuesta de gobierno convincente, podría protagonizar la elección más competitiva que haya enfrentado el peronismo tucumano en décadas.
Quizás esa sea la verdadera noticia política. Más allá de quién gane la próxima elección, Tucumán parece haber dejado atrás una etapa en la que la oposición competía para sobrevivir. Hoy comienza a instalarse una disputa donde, por primera vez en mucho tiempo, una parte importante de la sociedad percibe que existe una alternativa con aspiraciones reales de gobernar. Y cuando una provincia pasa de tener un oficialismo dominante a una competencia abierta entre dos proyectos, la política deja de girar sobre el pasado y empieza a discutir el futuro
