Columna de opinión dominical | Prudencio Sosa
Durante cuarenta años, el peronismo tucumano construyó una maquinaria política que parecía invencible. Desde el regreso de la democracia, solo una vez fue derrotado en las urnas. Supo adaptarse, reinventarse, cambiar nombres y caras, pero manteniendo siempre el mismo esquema de poder.
Sin embargo, hoy esa estructura que durante décadas dominó la provincia se encuentra frente a una situación inédita: está al borde del jaque mate.
Una unidad atada con alambres
Cada miércoles se repite una escena cuidadosamente montada. Funcionarios, dirigentes, legisladores e intendentes se reúnen para exhibir una unidad que, puertas adentro, hace tiempo dejó de existir. Las fotos muestran sonrisas, los discursos hablan de fortaleza, pero la realidad es otra: la unidad está atada con alambres y sostenerla hasta las próximas elecciones será una tarea cada vez más difícil.
El mensaje que baja desde la conducción es siempre el mismo: “Pónganse a trabajar porque si gana La Libertad Avanza se van a quedar sin trabajo”. No hay propuesta, no hay autocrítica, no hay visión de futuro. Solo miedo. El viejo método del patrón de estancia que intenta disciplinar a los suyos sembrando temor ante la posibilidad de perder privilegios.
El silencio que ya no alcanza
Pero algo cambió. Terminadas esas reuniones, los teléfonos empiezan a sonar. Algunos cuentan lo que ocurrió. Otros graban y envían información. Incluso varios de los que todavía aparecen en las fotos oficiales ya forman parte, en silencio, de un espacio opositor que crece desde las sombras.
El problema del oficialismo no es solamente el avance de sus adversarios; el problema es que ya no logra convencer ni a muchos de los propios.
Catalán y el tablero opositor
En ese contexto emerge una realidad cada vez más evidente: Lisandro Catalán se consolidó como el único líder indiscutido de la oposición tucumana. Mientras otros dirigentes discuten candidaturas, especulan o esperan instrucciones, Catalán construye. Teje acuerdos, suma voluntades y ordena un espacio que hasta hace poco aparecía disperso.
La política suele compararse con el ajedrez. Y la analogía nunca fue tan precisa. Mientras el oficialismo mueve piezas para defender posiciones, Catalán avanza casillero por casillero, acumulando fuerza y capitalizando un dato que ninguna encuesta logra ocultar: según distintos estudios, cerca del 63% de los tucumanos quiere un cambio respecto del modelo que hoy encarna Osvaldo Jaldo.
El agotamiento de un ciclo
Ese es el verdadero dato de la realidad. No se trata solamente de una elección. Se trata del agotamiento de un ciclo político. Después de cuatro décadas de predominio peronista, la sociedad empieza a mirar hacia otro lado.
Ya no alcanza con administrar el poder; ahora hay que justificarlo. Y allí es donde aparecen las mayores dificultades para quienes gobiernan.
Las próximas elecciones todavía no tienen resultado escrito. Pero sí muestran una tendencia cada vez más clara. Por primera vez en mucho tiempo, el peronismo tucumano no juega para ganar cómodamente. Juega para sobrevivir.
Y cuando una fuerza política pasa de pensar en cómo avanzar a preocuparse por cómo resistir, es porque el tablero cambió.
El rey todavía sigue en pie. Pero el jaque mate ya dejó de ser una fantasía de la oposición para convertirse en una posibilidad concreta.
Fuente: Quediario
