La salida de Alejandro Sangenis de la Municipalidad de San Miguel de Tucumán deja una lectura política inevitable: cuando el poder necesita exhibir una cabeza para demostrar alineamiento, suele exponer más inseguridad que fortaleza.
La escena remite a la Roma antigua, cuando los consejeros del faraón egipcio asesinaron a Pompeyo para agradar a Julio César. El gesto, lejos de impresionar al vencedor, reveló debilidad y exceso de obsecuencia.
Algo de esa lógica sobrevuela hoy la relación entre la intendenta Rossana Chahla y el gobernador Osvaldo Jaldo. La salida de Sangenis aparece menos como una decisión administrativa que como un gesto político destinado a mostrar sintonía con la Casa de Gobierno.
Pero las “decapitaciones” políticas suelen tener un efecto inesperado: “liberan al desplazado de toda disciplina interna”. Y Sangenis no es precisamente un dirigente silencioso.
A veces, los sacrificios pensados para ordenar una coyuntura terminan creando algo más incómodo: una voz emancipada, sin límites para hablar.
