La figura del radical Roberto Sánchez genera interrogantes dentro y fuera de su propio espacio político. Conocido inicialmente por su trayectoria en el automovilismo y su actividad empresarial como productor de papas, el actual dirigente se instaló en la política provincial en 2011, cuando fue electo legislador, tras haber sido impulsado por José Cano y con el acompañamiento del legislador Raúl Albarracín.
Sin embargo, con el paso del tiempo las relaciones con ambos dirigentes se fueron debilitando: hoy mantiene apenas un contacto distante con Cano y un enfrentamiento abierto con Albarracín. En contraste, Sánchez fortaleció sus lazos con distintos referentes del peronismo tucumano, situación que despierta críticas y sospechas dentro del radicalismo.
En la interna opositora, muchos señalan como un punto central su cercanía con Ariel García, dirigente radical con fuerte alineamiento al jaldismo. García se convirtió en el principal consejero de Sánchez, lo que genera desconcierto entre correligionarios que cuestionan la influencia peronista en sus decisiones.
Los vínculos de Sánchez con el oficialismo no terminan allí. Mantiene relaciones fluidas con figuras peronistas de peso como el actual gobernador Osvaldo Jaldo, el exgobernador Juan Manzur y el exsenador José Alperovich, quien incluso lo definió públicamente como “un amigo de hace muchos años”. Estos acercamientos alimentan las versiones sobre su escasa disposición a criticar la gestión provincial.

En Concepción y en otros puntos de la provincia, sectores radicales y peronistas advierten que Sánchez no siempre cumple con los acuerdos internos y que prioriza sus relaciones con el oficialismo antes que con su propio espacio. Esta percepción se consolidó después de su participación en reuniones con intendentes de Juntos por el Cambio que, según observadores, terminaron favoreciendo a la Casa de Gobierno.
Aunque Sánchez logró captar adhesiones de sectores dispersos en el radicalismo, las críticas internas se mantienen. Sus detractores lo acusan de actuar más como empresario que como político, de delegar las negociaciones en García y de priorizar la construcción de su imagen personal antes que el armado territorial.
Dentro del radicalismo, algunos lo consideran una incógnita difícil de leer, mientras que otros lo ven como una figura calculadora, reservada y excesivamente influenciable. El alfarismo, por su parte, sostiene que existe una “incompatibilidad de piel” con Sánchez, a quien perciben como un dirigente sin experiencia suficiente en la política tradicional y demasiado permeable a acuerdos con el peronismo.

