En las últimas horas, el vicepresidente del Partido Justicialista en Tucumán salió a respaldar públicamente a Cristina Fernández de Kirchner, en un intento desesperado por sostener una estructura política que ya no representa a los argentinos de a pie.
Lo hizo apelando a las mismas frases vacías de siempre: “unidad”, “compromiso”, “federalismo con justicia social”. Palabras que suenan lindas, pero que en la práctica son apenas maquillaje para un modelo agotado, lleno de privilegios, impunidad y manipulación.
Osvaldo Jaldo, el mismo que en campaña coqueteaba con el discurso liberal, vendiéndose como el “renovador”, hoy demuestra sin vergüenza que es parte del engranaje más clásico del peronismo: el de la casta. El que aplaude a Cristina, la misma que lideró uno de los gobiernos más corruptos de la historia reciente, que multiplicó la pobreza, el clientelismo y el resentimiento, mientras su círculo íntimo se enriquecía.
En vez de diferenciarse, Jaldo se arrodilla. En vez de tomar distancia del modelo K, lo abraza. En vez de ser coherente con el discurso de cambio, se acomoda como un peronista más, de esos que hablan de justicia social mientras viajan en autos oficiales, nombran parientes y reparten cargos como si fueran estampitas.
Este tipo de gestos deja en claro que el supuesto “peronismo republicano” no existe. Es una farsa. La casta se protege entre sí. Se tapan, se cuidan, se aplauden, aunque abajo la gente esté cada vez peor. Mientras tanto, los que laburan, producen o intentan emprender, son asfixiados por impuestos, regulaciones y un Estado elefantiásico que solo sirve para sostener privilegios políticos.
No hay “unidad” posible si es para seguir sosteniendo este modelo empobrecedor. No hay “organización” que valga si es para seguir postergando al interior productivo en nombre de una falsa justicia social. Y no hay “autocrítica” real mientras se sigan victimizando y mirando para otro lado ante años de desastre económico y decadencia institucional.
Los tucumanos merecen otra cosa. La Argentina también.

