Tucumán atraviesa una crisis de gestión, infraestructura y representación política. La división del peronismo, el desgaste de sus principales dirigentes y la consolidación de La Libertad Avanza abren un escenario que hace pocos años parecía impensado: la posibilidad real de terminar con cuatro décadas de hegemonía peronista en la provincia. En ese escenario, Lisandro Catalán busca convertirse en la alternativa.
Tucumán está frente a una oportunidad histórica. Después de 40 años de gobiernos peronistas, la provincia parece haber llegado a un punto de agotamiento. El abandono está a la vista: ciudades que se inundan, obras que nunca se concretan, infraestructura deficiente, una estructura política desproporcionada y un Estado que parece funcionar más para sostener el poder que para resolver los problemas de los tucumanos.
A eso se suma una administración provincial cuestionada por su capacidad de gestión, funcionarios que no parecen estar a la altura de las responsabilidades que ocupan y un estilo de conducción que muchos tucumanos perciben como autoritario, más cercano al patrón de estancia que a un gobernador de una provincia que necesita modernizarse.
El problema no es solamente Osvaldo Jaldo. El problema es un sistema político que lleva décadas reproduciéndose, cambiando nombres y acomodando piezas, pero sin conseguir que Tucumán dé el salto que necesita.
Y ahora ese sistema tiene una dificultad adicional: está dividido.
Por un lado, Juan Manzur; por el otro, Osvaldo Jaldo. Dos dirigentes que compartieron espacio, construyeron poder y fueron socios políticos durante años, pero cuya relación terminó deteriorándose hasta abrir una disputa que amenaza con trasladarse a las urnas el próximo 9 de mayo de 2027.
Ambos representan sectores enfrentados de un mismo universo político. Sus diferencias podrán ser profundas en términos de poder, pero ninguno puede presentarse como ajeno al modelo que gobernó Tucumán durante las últimas décadas.
Esa fractura es, precisamente, la oportunidad de Lisandro Catalán.
Una oportunidad diferente a las anteriores
La historia electoral tucumana ya tuvo enfrentamientos internos dentro del peronismo y también intentos opositores de aprovecharlos. Sin embargo, esta vez el escenario presenta diferencias importantes.
Cuando José Alperovich intentó enfrentar electoralmente a Juan Manzur, la oposición no consiguió construir una alternativa con suficiente fuerza para capitalizar aquella disputa. La candidatura de Silvia Elías de Pérez no logró convertirse en una opción mayoritaria capaz de quebrar la hegemonía del oficialismo.
Hoy, en cambio, aparece un actor con características diferentes: Lisandro Catalán, presidente de La Libertad Avanza en Tucumán, con experiencia política nacional y el respaldo del espacio que conduce el presidente Javier Milei.
Catalán llega a esta etapa después de una elección en la que, según los resultados que se le atribuyen, obtuvo alrededor de 365.000 votos y un caudal cercano al 35%. Lo hizo con una lista que incorporó dirigentes provenientes del sector privado, algunos de ellos prácticamente desconocidos para buena parte del electorado.
Ese resultado dejó un mensaje político relevante: existe una porción importante de la sociedad tucumana dispuesta a acompañar una alternativa por fuera de las estructuras tradicionales.
No se trata solamente de una cifra electoral. Se trata de la posibilidad de transformar un voto de rechazo al sistema en una propuesta de gobierno.
Del voto nacional a una alternativa provincial
El desafío de Catalán consiste en convertir ese capital político en una estructura territorial capaz de competir en cada rincón de Tucumán.
En ese camino, la presentación de candidatos en distintos municipios y la construcción de alianzas empiezan a darle a La Libertad Avanza una presencia que excede la discusión nacional. La disputa ya no pasa únicamente por representar las ideas de Milei, sino por demostrar que existe un equipo dispuesto a gobernar la provincia, administrar sus recursos y resolver problemas concretos.
Ese punto es central. Los tucumanos no solamente necesitan una oposición que denuncie el estado de la provincia. Necesitan una alternativa que explique cómo reducir el gasto político, mejorar los servicios públicos, recuperar la infraestructura y terminar con los privilegios de una dirigencia que parece haberse acostumbrado a gobernar para sí misma.
Catalán tiene, además, un activo que no es menor: representa en Tucumán al partido del presidente de la Nación. Esa identidad política le permite conectar la discusión provincial con un proyecto nacional que llegó al poder prometiendo terminar con las estructuras tradicionales y modificar la relación entre el Estado y los ciudadanos.
Pero el respaldo nacional, por sí solo, no alcanza. La elección provincial tendrá sus propias reglas, sus propios problemas y un electorado que evaluará tanto las ideas como la capacidad de quienes pretenden gobernarlo.
Los números y una mesa que empieza a servirse
En el entorno político circulan encuestas con resultados diferentes, aunque algunas ubican a Catalán por encima de los 35 puntos. Esos números deben leerse con prudencia: una elección todavía puede cambiar mucho y ninguna medición garantiza un resultado.
Sin embargo, el dato político es otro. Catalán ya cuenta con una base electoral considerable, mientras el peronismo enfrenta una disputa interna que puede debilitar su capacidad de retener el poder.
Si esa división se mantiene, si La Libertad Avanza consigue consolidar sus candidaturas municipales y si Catalán logra ampliar su respaldo más allá del voto libertario, la posibilidad de una alternancia dejará de ser una hipótesis lejana para convertirse en una competencia real.
La mesa empieza a servirse. Pero ganar exige algo más que esperar que el adversario se equivoque.
Exige organización, equipos, propuestas, presencia territorial y la capacidad de convocar a tucumanos que nunca militaron en política, pero que están cansados de ver cómo su provincia pierde oportunidades.
El fin de una época
Tucumán tiene recursos humanos, productivos y económicos para ser una de las provincias más pujantes del norte argentino. Sin embargo, demasiados años de concentración política, deficiencias estructurales y decisiones que no estuvieron a la altura de sus posibilidades han postergado ese potencial.
El 9 de mayo de 2027 puede convertirse en una fecha decisiva. No porque el cambio esté garantizado, sino porque por primera vez en mucho tiempo parecen coincidir tres factores: el desgaste de un modelo, la división de sus principales referentes y una oposición que comienza a construir una alternativa con volumen electoral y presencia territorial.
Lisandro Catalán tiene ante sí una oportunidad que difícilmente pueda darse por descontada. Su desafío es transformar la bronca en esperanza, los votos en organización y las denuncias en un programa concreto de gobierno.
Después de 40 años, el peronismo tucumano podría enfrentar una elección en la que su continuidad ya no parezca inevitable.
La pregunta ya no es solamente si el peronismo puede perder. La pregunta es si Catalán podrá construir la mayoría necesaria para ganar y, sobre todo, si estará preparado para gobernar una provincia que necesita dejar atrás el abandono.
Porque una cosa es derrotar a un sistema político. Otra, mucho más importante, es cambiar la realidad de quienes llevan décadas esperando una oportunidad.
Y esa es la verdadera dimensión del desafío que tiene por delante Lisandro Catalán.
