En el departamento de Río Chico, al sur de Tucumán, permanecen los restos del Ingenio Santa Ana, uno de los establecimientos azucareros más importantes de Sudamérica a fines del siglo XIX. Fundado en 1889 por el empresario francés Clodomiro Hileret, el complejo llegó a convertirse en el principal motor económico de la localidad y dio origen a un entramado urbano compuesto por viviendas, comercios, espacios comunitarios y áreas destinadas a la producción industrial.
El establecimiento fue concebido como una ciudad-fábrica, con instalaciones para la elaboración de azúcar y alcohol, talleres de mantenimiento, redes ferroviarias internas y sistemas de abastecimiento de agua. Su infraestructura y dimensiones lo posicionaron entre los principales emprendimientos agroindustriales de la región durante su período de mayor actividad.
Uno de los aspectos destacados del proyecto fue su planificación paisajística. Hileret convocó al reconocido arquitecto paisajista Carlos Thays para diseñar el entorno verde de la fábrica y de las residencias principales. De ese trabajo surgió el Parque María Luisa, que contaba con un lago artificial, galerías y especies de árboles provenientes de distintos lugares del mundo. El parque fue declarado patrimonio cultural de Tucumán en 2004.
El complejo también reflejaba las diferencias sociales de la época. Mientras los administradores y técnicos residían en chalets y viviendas de mayor categoría, los obreros y peones habitaban pabellones colectivos conocidos como canchones. Entre las construcciones que todavía se conservan se encuentran sectores del Chalet del Administrador, paredones de ladrillo y restos de mampostería que permiten reconocer parte de la antigua estructura industrial.
Alrededor del ingenio se desarrollaron relatos populares vinculados con la figura del Familiar, una criatura representada como un perro negro a la que se atribuía la prosperidad de las grandes fábricas azucareras a cambio de la desaparición de trabajadores. La leyenda formó parte de la tradición oral de distintas comunidades azucareras del norte argentino. También existen testimonios locales sobre la presencia de túneles y pasajes subterráneos que habrían conectado diferentes sectores del establecimiento.
La historia del ingenio comenzó a cambiar tras la muerte de su fundador. Durante la década de 1930, las dificultades financieras llevaron a la quiebra del establecimiento, que quedó bajo la tutela del Banco de la Nación Argentina en 1932. En 1957, el complejo pasó a depender de la provincia de Tucumán, aunque las dificultades económicas y los conflictos de la actividad azucarera continuaron afectando su funcionamiento.
El cierre definitivo se produjo en agosto de 1966, durante la dictadura de Juan Carlos Onganía, en el marco de la política de clausura y reestructuración de ingenios azucareros. La medida interrumpió la principal actividad económica de Santa Ana y provocó una crisis laboral y social. La pérdida de puestos de trabajo impulsó a numerosas familias a emigrar hacia otros centros urbanos del país, entre ellos Buenos Aires, Rosario y Córdoba.
Años después, durante la última dictadura militar, parte de la infraestructura del antiguo complejo fue destruida. Entre las estructuras demolidas se encontraba la emblemática chimenea del ingenio, cuya voladura quedó incorporada a la memoria local.
Actualmente, los restos del Ingenio Santa Ana constituyen un testimonio de la historia industrial y social de Tucumán. Las construcciones que aún permanecen en pie, el antiguo parque y las huellas del trazado urbano permiten reconstruir la dimensión que alcanzó el establecimiento y su influencia en la vida de una comunidad cuyo desarrollo estuvo estrechamente ligado a la producción azucarera.
