La política exterior de Donald Trump hacia Venezuela no puede leerse únicamente en clave regional ni ideológica. Se trata, ante todo, de una estrategia geopolítica orientada a contener a China en el marco de una disputa económica y de poder a escala global. El escenario internacional actual muestra con claridad la transición hacia un mundo tripolar, con tres polos definidos: Estados Unidos, Rusia y China.
El ataque a la Narco-Dictadura no responde a una necesidad energética – Estados Unidos no necesita el petróleo venezolano – sino a la decisión de impedir que ese recurso, aunque limitado por años de abandono, sea utilizado para abastecer al mercado chino y garantizarle energía barata a su principal adversario global. La lógica es clara: si Estados Unidos no requiere ese petróleo, tampoco permitirá que lo utilicen sus enemigos.
No es casual que la exvicepresidente y actual presidente de Venezuela se encontrara en Rusia manteniendo negociaciones, mientras su país recibía simultáneamente visitas balísticas por parte de los estadounidenses. A los rusos que compiten en el mercado petrolero tampoco les resulta conveniente la estrategia del país asiático.

El propio secretario de Estado, Marco Rubio, lo expresó con claridad en NBC News:
“No necesitamos el petróleo de Venezuela. Tenemos petróleo de sobra en Estados Unidos. Lo que no vamos a permitir es que la industria petrolera en Venezuela sea controlada por adversarios de Estados Unidos. ¿Por qué China necesita el petróleo de Venezuela? ¿Por qué Rusia o Irán lo necesitan? Ni siquiera están en este continente”.
Tras el arresto de Maduro, podríamos presenciar el derrumbe de buena parte de la izquierda latinoamericana, que durante años se financió a través del narcotráfico, la trata de personas, el contrabando de combustible y el control de la minería ilegal por parte del Cartel de los Soles.
El Derecho Internacional y el poder real
Las reacciones de indignación y llanto no tardaron en aparecer en las redes sociales, acusando al gigante del norte de violar el Derecho Internacional en donde se prohíbe el uso de la fuerza contra cualquier Estado y se respete el principio de soberanía nacional.
El derecho internacional no existe en los términos en que lo presentan muchos usuarios indignados por la liberación de Venezuela. El derecho internacional público es, en realidad, la expresión de la voluntad política de los Estados y se define según quién detente mayor poder y capacidad de imponerlo. Las normas se establecen de hecho por la fuerza y luego se formalizan en documentos que se estudian en las universidades para darles una apariencia de seriedad, obligatoriedad, universalidad y permanencia. En pocas palabras, las potencias definen qué es el derecho internacional para los países menos desarrollados, pero no para ellas mismas.
Si nos vamos a la teoría política diríamos que al mundo lo describió Hobbes y Maquiavelo, no Kant y Rousseau como pretenden muchos amantes de la academia. La ONU, el derecho internacional o la moral no frenan a una potencia si sus intereses vitales están en juego y un Estado poderoso usa el derecho cuando le conviene y lo ignora cuando estorba. El derecho internacional existe, pero no gobierna. Gobierna el poder y el derecho llega después, para justificar. Lo podemos ver con ejemplos históricos desde Irak 2003 hasta con guerras actuales como la de Rusia-Ucrania e Israel-Palestina.
Cuba, Colombia y México en la estrategia regional
El régimen venezolano no puede entenderse sin Cuba. Maduro fue designado a dedo por el régimen comunista cubano, del mismo modo que lo fue Hugo Chávez, estrecho aliado de Fidel Castro. Tras la caída de la Unión Soviética, Cuba dejó de contar con su principal sostén económico y pasó a depender del petróleo venezolano para sobrevivir.
Por eso, Trump fue tajante:
“Cuba está lista para caer. Cuba no tiene ingresos. Obtienen todo del petróleo venezolano y ahora no van a conseguir nada. No creo que necesitemos una acción militar en Cuba; simplemente caerá”.
En Colombia, el escenario es distinto pero igual de delicado. Históricamente vinculada a la producción y exportación de drogas que impactan de lleno en la sociedad estadounidense, hoy es gobernada por un presidente con pasado guerrillero y un prontuario que incluye hechos de extrema violencia. Trump no ha tenido reparos en lanzar advertencias directas que van desde “que se cuide el trasero” hasta “es un tipo enfermo, no le queda mucho tiempo, habrá una operación similar en Colombia”.
México ocupa un lugar central en esta agenda. Aunque la presidente Claudia Sheinbaum se ha mostrado más colaborativa que otros líderes regionales, la presión de Washington es constante. Trump sostiene que los cárteles gobiernan el país y que “hay que hacer algo con México”, al tiempo que reconoce a Sheinbaum como una “excelente persona”, pero “con miedo”. Incluso ha afirmado que en cada conversación le ofrece enviar tropas.
En la misma línea, el vicepresidente JD Vance fue claro:
“Sale mucho fentanilo de México. Este sigue siendo un punto central de nuestra política y una de las razones por las que el presidente Trump cerró la frontera desde el primer día”.
Todo indica el fin de lo que queda de aquel Foro de Sao Paulo actualizado a Grupo de Puebla que durante años se han dedicado a destruir la economía y la moral de los pueblos.
Una nueva era en gestación
Aún no está claro hacia dónde se dirige el mundo, pero todo indica que 2026 podría consolidar tendencias que vienen gestándose desde hace años. El escenario tripolar se afianza, con Estados Unidos, Rusia y China como potencias centrales, y actores secundarios como India y diversos países de Medio Oriente disputando espacios de poder.
Una Europa en decadencia perdiendo todo aquello que la hizo grande: el avance Islámico frente al Cristianismo, la destrucción de su industria —en especial la energética— impulsada por decisiones políticas lideradas por Alemania, la imposición de regulaciones absurdas como impuestos al ganado por las emisiones de gas de las vacas, la caída de la natalidad y una sociedad donde importan más “los derechos de un gato” antes que del ser humano.

En este contexto surgen preguntas clave: ¿avanzará Estados Unidos hacia una Doctrina Monroe de “América para los americanos” explicita? Al mismo tiempo, desde Rusia, Alexander Dugin -el llamado “filósofo de Putin”- impulsa el Neo-Eurasianismo, una doctrina que propone un bloque geopolítico Euroasiático capaz de contrarrestar a Estados Unidos y la OTAN.
China, por su parte, mantiene una postura firme sobre sus intereses estratégicos irrenunciables. Tarde o temprano avanzará sobre Taiwán, a la que considera una provincia rebelde, y sostiene reclamos sobre el Mar del Sur de China, el Mar de China Oriental, Hong Kong, Xinjiang y el Tíbet, combinando razones económicas, históricas y de seguridad nacional.
El mundo que viene no se ordenará por principios morales ni por consensos académicos, sino por poder, intereses y zonas de influencia.
