En una provincia acostumbrada a la resignación política, la figura de Lisandro Catalán empieza a ordenar una expectativa de cambio de cara al 2027.
En Tucumán empieza a respirarse algo que durante muchos años pareció extinguido: la posibilidad real de discutir el poder político de la provincia. Después de décadas dominadas por los mismos nombres, las mismas estructuras y los mismos mecanismos de conservación, comienza a emerger una construcción distinta, capaz de despertar expectativas incluso fuera de los espacios tradicionales de oposición.
Ese fenómeno hoy tiene un nombre: Lisandro Catalán.
El dirigente libertario viene desarrollando una estrategia silenciosa pero sostenida. Sin grandes shows, sin aparato monumental y sin caer en la lógica de los viejos acuerdos de supervivencia, recorre el interior, escucha reclamos, conversa con vecinos, arma equipos técnicos y construye vínculos políticos donde antes parecía imposible abrir una puerta.
La política tucumana suele subestimar los procesos que no hacen ruido. Pero muchas veces son justamente esos procesos los que terminan modificando el escenario de fondo. Catalán avanza sin estridencias, pero con una constancia que empieza a transformarse en capital político.
Lo más interesante no es solamente su crecimiento dentro del electorado opositor. Lo verdaderamente significativo es el movimiento silencioso que empieza a producirse dentro del propio peronismo. Cada vez son más los dirigentes que observan que el ciclo político actual muestra señales de agotamiento y que el oficialismo dejó de funcionar como un espacio amplio para convertirse en un círculo cada vez más cerrado.
La reunión reservada que trascendió esta semana entre Catalán y un dirigente peronista de fuerte anclaje territorial no debe leerse como un hecho aislado. Es, más bien, la expresión de un clima político que comienza a cambiar. Algunos dirigentes todavía no lo dicen en público, pero ya perciben que Tucumán puede ingresar en una etapa distinta.
El gobierno de Osvaldo Jaldo enfrenta un desgaste que ya no puede ocultarse del todo. Muchos sectores internos sienten que las decisiones quedaron concentradas en un pequeño grupo de poder y que el oficialismo perdió capacidad de escucha. La administración funciona, pero ya no enamora. Contiene, pero no entusiasma. Ordena, pero no proyecta.
En ese contexto, la figura de Darío Monteros aparece como uno de los principales focos de tensión. Su peso dentro del esquema jaldista genera resistencias crecientes y alimenta el malestar de sectores que consideran que el gobierno quedó atrapado en su propia lógica de control territorial.
Cuando un oficialismo empieza a hablarse solo, la sociedad empieza a mirar hacia otro lado. Y eso es lo que parece estar ocurriendo en distintos rincones de Tucumán.
Catalán, mientras tanto, intenta construir una alternativa sin quedar absorbido por las viejas estructuras. Esa es, quizá, su principal diferencia respecto de otras experiencias opositoras que fracasaron en la provincia. No se trata únicamente de juntar dirigentes para una elección. Se trata de ordenar una expectativa de poder alrededor de una idea: Tucumán puede cambiar.
El desafío será enorme. El aparato oficialista conserva recursos, territorio, intendencias, comunas, legisladores y una maquinaria política aceitada durante años. Pero también carga con el peso de su propio desgaste. Y en política, cuando la continuidad deja de ofrecer futuro, cualquier alternativa con método, paciencia y vocación de poder empieza a volverse competitiva.
Por eso el avance de Catalán no debe medirse solamente en encuestas ni en fotos de recorridas. Debe medirse en algo más profundo: en la recuperación de una conversación social que parecía clausurada. La pregunta ya no es si Tucumán está condenada a repetir siempre lo mismo. La pregunta empieza a ser quién puede animarse a cambiarlo.
Todavía falta mucho para el 2027. Pero algo empezó a moverse. Y cuando una sociedad vuelve a recuperar esperanza, incluso los oficialismos más sólidos comienzan a mirar el futuro con preocupación.
