Una vez más, los alumnos tucumanos se quedan sin clases. Esta vez no es por un paro ni por cuestiones administrativas, sino por un problema que se repite cada año: la fragilidad de la infraestructura frente a las lluvias. Tras el último temporal, el Gobierno provincial confirmó que serán 96 las escuelas que no podrán dictar clases, principalmente en el interior de Tucumán.
El dato no solo preocupa por su magnitud, sino también por lo que revela: caminos intransitables, edificios inundados, falta de electricidad y establecimientos utilizados como centros de evacuación. En otras palabras, un sistema educativo que no está preparado para enfrentar fenómenos climáticos que, lejos de ser excepcionales, son cada vez más frecuentes.
Desde el Ministerio de Educación se explicó que la suspensión busca resguardar la seguridad de estudiantes y docentes. Sin embargo, detrás de esa decisión razonable aparece un problema estructural que no es nuevo. Cada vez que llueve con intensidad, decenas de escuelas quedan fuera de funcionamiento, evidenciando la falta de obras, mantenimiento y planificación a largo plazo.
La corrección del número —de 107 a 96 escuelas afectadas— tampoco pasa desapercibida. Más que un detalle técnico, expone la falta de información precisa en un contexto de emergencia, donde la claridad y la previsión deberían ser prioritarias.
Los departamentos más golpeados —Río Chico, Chicligasta, Leales, Burruyacu, Monteros y Simoca— vuelven a aparecer en la lista de zonas críticas. Allí, la combinación de caminos rurales deteriorados, drenaje insuficiente y edificios escolares vulnerables convierte cada tormenta en un factor de interrupción educativa.
El problema no es solo coyuntural. Cada día sin clases implica pérdida de contenido, mayor desigualdad y dificultades adicionales para estudiantes que ya enfrentan contextos complejos. Mientras tanto, las soluciones siguen siendo reactivas: suspender, esperar y monitorear.
El temporal dejó en evidencia algo que se repite año tras año: la educación en Tucumán sigue dependiendo del clima. Y mientras no haya inversiones sostenidas en infraestructura, accesibilidad y mantenimiento, la escena volverá a repetirse. Lluvia fuerte, escuelas cerradas y miles de chicos sin clases.
Una postal que ya dejó de ser excepcional para convertirse en rutina.
