La oposición tucumana vuelve a enfrentarse al mismo dilema que la persigue desde hace más de dos décadas: construir una alternativa de poder o privilegiar proyectos individuales. Una negociación entre La Libertad Avanza y Mariano Campero expone nuevamente esa tensión.
En Tucumán hay una fórmula política que lleva demasiado tiempo funcionando: mientras el peronismo administra sus diferencias puertas adentro, la oposición convierte las suyas en rupturas, candidaturas enfrentadas y proyectos personales. El resultado está a la vista. Desde 1999, el justicialismo ganó siete elecciones consecutivas para gobernador.
El último capítulo de esa historia podría estar escribiéndose ahora.
Según fuentes políticas, el viernes Lisandro Catalán mantuvo una reunión con autoridades nacionales de La Libertad Avanza y llevó una propuesta destinada a construir una alianza capaz de competir seriamente por la Gobernación en 2027.
El planteo incluía concesiones importantes hacia Mariano Campero: LLA desistiría de disputarle el control político de Yerba Buena y aceptaría la reelección de Manuel Courel como legislador.
La respuesta de la conducción nacional habría sido favorable, aunque con un límite terminante: “No hay más. Ni un concejal más. Es suficiente”.
Integrantes del espacio de Catalán trasladaron luego la propuesta a Campero. La respuesta atribuida al diputado habría sido igualmente breve: “Es poco”.
Cuando dividirse termina siendo funcional al poder
Aquí comienza el verdadero problema.
Dentro de LLA Tucumán hay quienes interpretan el rechazo de Campero como funcional a los intereses del gobernador Osvaldo Jaldo. Es una lectura política que, hasta ahora, no prueba la existencia de ningún acuerdo entre ambos. Pero la pregunta resulta inevitable: ¿quién se beneficia si la oposición vuelve a presentarse dividida?
La historia tucumana ofrece demasiadas pistas.
El peronismo aprendió después de perder con Antonio Bussi en 1995. Desde Julio Miranda en 1999 hasta Osvaldo Jaldo en 2023, pasando por las tres elecciones ganadas por José Alperovich y las dos de Juan Manzur, el PJ encadenó siete victorias provinciales consecutivas.
Las peleas existieron, muchas veces feroces, pero a la hora de conservar el poder casi siempre encontró mecanismos para contenerlas.
La oposición hizo generalmente lo contrario.
Y alrededor de esa fragmentación siempre aparecen sospechas, versiones y acusaciones acerca de sectores del oficialismo interesados en estimular las divisiones opositoras. Sin pruebas concretas, no corresponde afirmar que exista financiamiento detrás de esas rupturas. Pero sí puede observarse su consecuencia política: cada división termina facilitando el camino del peronismo hacia la Casa de Gobierno.
El síndrome Bussi
Ricardo Bussi entendió durante años que conservar una porción del electorado podía ser políticamente más rentable que construir una mayoría. Fuerza Republicana sobrevivió, consiguió bancas y mantuvo representación, pero dejó de representar una alternativa real de poder provincial.
Campero corre hoy el riesgo de repetir ese mismo vicio.
Puede tener votos, estructura territorial y el antecedente de haber convertido a Yerba Buena en uno de los principales bastiones opositores de Tucumán. Pero una candidatura provincial no debería construirse solamente preguntando cuánto recibe cada dirigente, sino cuánto está dispuesto a resignar cada uno para producir alternancia.
Si Catalán ofrece Yerba Buena, una banca legislativa y participación dentro de un proyecto provincial, y la respuesta es que todavía “es poco”, entonces corresponde preguntar qué sería suficiente.
Porque el problema ya no es Campero, Catalán, Courel o Bussi.
El verdadero problema es una oposición que desde hace más de dos décadas encuentra extraordinarias razones para dividirse mientras el peronismo encuentra una sola, mucho más sencilla, para mantenerse unido:
seguir gobernando Tucumán.
